El 17 de Octubre por José Hernandez Arregui


Aquellos desheredados de la tierra estaban allí, con la vieja Argentina, llenando la historia de un día famoso. Fue el 17 de octubre de 1945. Multitudes grises avanzaban como un torrente de plomo derretido, lentas, graves, concentradas en su destino. Se volcaban por las calles que unían a las barriadas proletarias con la ciudad. Por Montes de Oca.
Paseo Colón, Cabildo, Leandro N. Alem, Rivadavia, Las Heras. Desde todos los puntos y desde todos los suburbios, aquella multitud avanzaba pesada, incontenible e inmensa. Las chaquetas de trabajo, brillosas de grasa, los gestos duros y desafiantes frente a la traición de la oligarquía, de los partidos, de los magistrados, de los diarios. Por primera vez, ese pueblo inaudible amasado en la tierra y el sufrimiento sin protestas, tomaba en sus manos encallecidas la historia y la convertía en la presencia cierta de una revolución que hacía temblar a su paso las avenidas apacibles de la ciudad y los corazones de aquellos que asistían, tras las celosías de los edificios cerrados, al crecimiento de la manifestación gigantesca y silenciosa como una gran amenaza. A caballo unos, en bicicleta o en camiones otros, a pie los más, aquella muchedumbre abigarrada reconociéndose en la decisión multitudinaria marchaba como un sonámbulo invulnerable y seguro en una sola dirección, fija mirada colectiva como una gran pupila dilatada, en la imagen del hombre que había hablado el lenguaje del pueblo, y a quien, ese pueblo le devolvía la dignidad recuperada con la voluntad de morir por su rescate. Las mujeres descamisadas y fieras, con sus vestidos raídos de colores chillones pegados al cuerpo, rotos los controles de la sumisión femenina, sumergidas en el odio justo, primordial y desenfrenado de la naturaleza exaltada, infundían fe en el corazón de aquella multitud masculina, apretada y furiosa en su silencio, Argentina en su clamor nacional, nativa en su potencia histórica, corporizada ahora en las masas sin apellido, porque ellas mismas eran la patria desgarrada, humillada en ese pueblo argentino incógnito y proscripto por la injusticia secular. Pequeños golfos proletarios seguían a sus madres. Y aquellas criaturas del arroyo no lloraban. En sus grandes ojos azorados también brillaba inmóvil el destino. El destino de un pueblo. Ni una prensa nauseabunda y poderosa, ni los cheques extranjeros, ni el vocerío coordenado de los vendepatrias y los imbéciles deformados por una educación antinacional, calcularon aquella marea humana que concentrándose en la Plaza de Mayo, se expandía en balanceos interrumpidos, como una enorme mancha de tinta lerda y compacta, y de allí, desprendía sus columnas tentaculares hacia el Hospital Militar donde se sabía preso a Perón. Ahora,  aquella multitud cantaba. Crítica, en el atardecer de aquella jornada memorable, exhumaba de sus archivos fotografías antiguas con las calles vacías. Y sostenía que Perón era un mito fascista. Lo decía en grandes titulares el diario que había enfrentado a Yrigoyen. Y era mentira. La Argentina profunda, la Argentina de los campos vacíos, siempre iguales a sí mismos, estaba paralizada. Todo el país había concentrado la energía del trabajo cotidiano en una gigantesca huelga general. Los obreros de los frigoríficos, del petróleo, del caucho, los portuarios, de la construcción; habían cruzado sus brazos sobre el pecho. Los trenes, inmóviles como largos animales dormidos, exhibían en la protesta desolada y terrible de su mudez, esa voluntad nacional de un pueblo más tensa que los poderes entumecedores de una historia construída con millones de seres aplastados y levantada sobre un siglo de infamia. “¡Libertad para Perón! ¡Perón sí, otro no! ¡Mueran los traidores!” se leía en los vagones ferroviarios. Desde Córdoba, Tucumán, San Juan, Mendoza, Jujuy, los parias anuales de las cosechas, los criollos a precios módicos, descendían en marejadas sombrías a la ciudad puerto como símbolos eternos de un pueblo eterno.

Cortesía del Tate Martínez, para la cátedra John William Cooke.